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Dedicado a todas las Super-heroínas llamadas Mamás

Lo sé, mamá. Sé que por un momento has intentado esconderte para llorar, como si al hacerlo sola el problema fuera más pequeño. Lo sé, porque te he visto. Hoy te he visto llorar. Y no es la primera vez. Desde el pasillo. Yo estaba gateando hacia el comedor y te he visto sentada en el suelo, en la cocina, casi a oscuras, como escondiéndote sin esconderte, consciente de que en cualquier momento, al verte, iría directo hacia ti. Pero te he dejado un instante, lo suficiente como para que al menos recobraras el aliento, porque sé que esas lágrimas tienen mucho que ver conmigo.

Aún no tengo ni siquiera un año, pero ya he aprendido algunas cosas. Una de ellas es que tener un hijo es una de las cosas más bonitas que te puede dar la vida. He visto cómo sonríes, y cómo sonríen todos los adultos cuando me ven hacer mis mejores trucos. Pero también he aprendido que ser madre y ser padre puede llegar a ser una de las cosas más duras que te pueden pasar en la vida, porque somos totalmente dependientes; tanto, que a veces podemos incluso hacer sentir que ya no hay más vida que la que orbita alrededor del bebé.

Y te he visto sentada, chiquitita, como otras veces, necesitada de un consuelo que no llega, esperando una respuesta o una solución, y al final he llegado yo, para intentar tranquilizarte. Pero aún has llorado más… y entonces he llorado yo también contigo. Y supongo que has sentido eso que se llama “el vacío”, esa sensación de habérmelo dado todo y de yo pedir aún más de ti, de haberme cedido tu vida, de haberte rendido, como si de un secuestro se tratara, y darte cuenta de que no es suficiente. Porque a menudo nunca es suficiente para un bebé.

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